Olores

17 May
Me vuelvo loca cuando me viene un olor a puro apestoso. No en el mal sentido, por mucho que el olor de las hojas quemadas se sumerja en mis fosas nasales hasta producirme náuseas. Bueno, quizás exagere, solo suelto un “argh”. Me vuelvo loca, simplemente, porque me recuerda a mi abuelo, y por un momento pienso que está ahí, a mi lado, observándome. Pienso que en cualquier momento gritará: “ahí está la chavala más guapa de todo el barrio” delante de todos los vecinos para avergonzarme, y me río. Después me entra una angustia inconfesable, incomprensible, y pienso que deberían prohibir los puros. Y mi abuelo me echa una mirada de desaprobación desde allá donde esté. Lo noto.
También está el olor de una persona concreta, de esa persona y de nadie más. El olor típico de quienes son importantes en nuestra vida. El olor que uno mismo no puede conocer. Tengo la amiga que huele a humedad porque así huele su casa, la que huele a melocotón y la que huele a casa de piedra del norte de Navarra. Es el olor de su hogar, el olor de mi niñez y de todos los momentos que hemos compartido. Estos olores no se repiten en nadie más, y duele saber que no volveré a disfrutar de ese perfume hasta que me reencuentre con su portador. Olores que entran a través del abrazo y que sin oír, sin ver, sin tocar, me permiten descubrir la presencia de esa persona a la que tanto quiero.
Me agobia pensar en el olor de mi propia casa, el que echo de menos cada vez que huelo mi ropa limpia y pienso: “da igual qué detergente use, mi ropa ya no parece mía porque no huele igual”. Esa extraña sensación de que ya no debo de ser la misma, de que he perdido parte de mi identidad al alejarme, produce una nostalgia indescriptible. Algo que se compensa con los días que vuelvo a casa, cierro los ojos y respiro profundamente hasta que la calma inunda mis adentros.
No todos los olores son buenos, evidentemente. Están el olor a pedo, el olor a sobaquina y el olor a “no vuelvas a comer patatas alioli”. Pero de estos olores casi que prefiero no hablar.
Cómo no, no puede faltar el olor de los amantes. Nunca llegué a saber qué colonia llevaba la persona que me besó por primera vez, pero me acuerdo de aquel espantoso beso (en el McDonald’s, por cierto) cada vez que me cruzo con alguien, y con el aire, las moléculas de la misteriosa colonia llegan a mi nariz. Y miro al costado por si era él, tratando de imaginar si habrá cambiado en los últimos diez años, pero nunca lo es. Hace poco me pasó algo extraño: cada cinco minutos me acordaba de alguien a quien estaba conociendo, y pensé que me estaba enamorando. Hasta que me dí cuenta de que estaba siendo víctima de un engaño de mi propia mente; al levantar el brazo fui consciente de la situación: los dos usábamos el mismo desodorante (por supuesto, en cuanto se me terminó cambié de marca).
Pero si hay un olor que me paraliza es el “no pudo ser”. Ese perfume me recorre todas las venas, los músculos, los huesos, hasta apoderarse de todo mi cuerpo y hacerme suspirar de melancolía. Ya no recuerdo su voz, el color de sus ojos, ni el tacto de sus manos, pero aparece frente a mí cada vez que su perfume se cruza en mi camino.
Y, ¿sabéis qué? Tengo que confesar que hay olores que no querría olvidar nunca, y otros que me producen el pinchazo más doloroso en el corazón. Y me sorprende la poca importancia que le damos a nuestro olfato, a un sentido que nos dice tanto de una forma tan natural, tan primitiva. Y aún me sorprende más que todavía no hayan desarrollado una tecnología para guardar los olores y lograr que nunca se vayan, aunque solo sea una forma de autoengaño para recordar aquello que nunca volveremos a tener.

¡Viva la cultura!

30 Dic

2016 ha sido un año glorioso en nuestra ciudad. Este año ha traído un cambio de la hostia. Ha transformado la ciudad radicalmente. Tanto que seguimos siendo unos apasionados de lo clásico, unos puristas. Modernos pero sin pasarnos; vanguardistas pero qué raro es esto; contemporáneos eh yo esto no lo pillo; amantes del arte pero esto es una mierda.

¿Euskaldun? ¡Vaya pregunta!, si vivo en San Sebastián; culturetas pero el premio que se lo lleve un torero que con tanta sangre hace unas obras de arte dpm en Illumbe. Y luego ya vendemos el complejo. Bueno, el complejo de Illumbe y todo lo demás, que el sector público está a merced dela ciudadanía y total, a todos nos importa un pimiento (de Gernika, evidentemente) lo que pase con la cultura y los edificios históricos de Sanse.

Mientras vengan turistas, nosotros contentos, oiga. Pero franceses no, los gabachos que sigan al otro lado de la frontera que en el insti me quedé en bonjour. Ingleses tampoco que ensucian las calles. Catalanes… uf, no me los menciones. Ni qué decir de marroquíes, rumanos, sirios y demás. Que esos no vienen de turismo y son comparables a los bilbainos. Pues eso, todos los demás que se vengan, que los precios hosteleros les parecen asequibles y desde el ayunta ganamos una pasta. Luego ya, si eso, la repartimos (entre el verde y el rojo, no os engañéis, la vida es como el Parchís).

Porque total, si algo tenemos en Sanse, son hoteles. Y a quien diga que no hay suficientes le respondemos creando otro en Tabakalera, que es muy guay y oye, hay que aprovechar que baratito precisamente no nos ha salido. Que luego digan de los de Bilbao, jeje. Ahora, que con otro tipo de preguntas no nos vengan, eh. ¿El gaztetxe pa’que? ¿El edificio de Bellas Artes? Bah, si San Telmo va que ni pintado, jaja. ¿Espacio público? ¿Pero no hay suficiente con el Paseo de la Concha? Si además ya hemos acabado las obras del Peine de los vientos, es el momento idóneo para hacer nuevas.

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El Peinte del Viento. Marina Landa.

Si es que somos unos incomprendidos, que nos dicen que no sabemos apreciar lo que se está haciendo. Muy bonito todo, sí, pero luego no vamos a ningún espectáculo, que eso es para pijos. Música sí, pero gratis, voy a pagar yo 10€ por ver a un grupo que en verano toca en fiestas de Aizarnazabal, anda. Gastronomía sí, la tortilla de patatas que me hace la ama una vez por semana, eso sí que tendría que ser patrimonio cultural. Bueno, eso tenía buena pinta, pero seguro que está lleno de jurrutus, jarraitxus o borrokas (utilice el concepto que más le plazca) y paso de juntarme con esa gente.

¿¿¿¿Que es en euskera???? Venga, hasta nunqui.

Lo que está claro es que de este 2016 quedará su legado. El legado de un proyecto con el lema de la convivencia. ¡¡¡¡Vamos!!!! Y el mejor ejemplo lo tenemos en nuestras instituciones, las que han desarrollado un proyecto con gran capacidad de deshacer todo lo hecho anteriormente. Porque el color importa más que nada en el mundo (lo siento por los daltónicos). Y 2016, si no es mío, no puede ser de nadie…

Quedará el legado de una experiencia que no logró fomentar la participación ciudadana, que no consiguió programar actividades que convencieran a los donostiarras (con magníficas excepciones como “Sueño de una noche de verano”). Pero también quedará el legado de la falta de iniciativa, de implicación y de proactividad de los donostiarras en un año, en un proyecto, en el que deberíamos haber hecho mucho más. Una oportunidad que se ha volatilizado. Pero no pasa nada, tranqui, que de todo se aprende.

Dosmildieciseis no es más que un año, siempre nos quedará 2017.

Esperamos

29 Nov

En la más oscura de las noches

la luz se hace, aparece,

de la nada.

Como un camino

hacia otro mundo.

Como fuente de esperanza.

Un mundo desconocido,

utópico, abstracto,

irreal.

Porque aunque las cosas sucedan

cuando menos lo esperamos,

no hay peor ilusión

que la casualidad.

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Que les den a los exámenes

15 Nov

Llevo años preguntándome por la función de los exámenes. Medir la capacidad del alumnado para conocer a los “mejores”, hacer listas, ordenar por resultados. Meros números, siempre números. Como si, fomentando la igualdad, todos tuviéramos que ser idénticos. Como si todos tuviéramos que tener las mismas habilidades, aunque no nos dejen desarrollarlas si no se enfocan hacia una cifra. Como si el hecho de sacar una nota u otra determinara nuestra inteligencia y, por tanto, debiera determinar nuestro futuro.

El examen tradicional, ortodoxo, numérico, aquel que se basa en la memorización, me sigue produciendo esa extraña sensación de que, hagamos lo que hagamos, siempre seremos evaluados como un número. Un número que nos perseguirá toda la vida hasta sentirnos juzgados; incluso, hasta sentirnos identificados con él. Ese sentimiento de culpabilidad por no llegar a la cifra necesaria, o por superarla con creces. Esa triste creencia de no encajar en una sociedad tan cuantitativa, de sentirnos esclavos de un sistema puramente matemático.

Además, este tipo de pruebas no son más que una herramienta para conocer la capacidad que tenemos para responder a una pregunta determinada. En un momento determinado y a contrarreloj. Con una presión que se nos viene encima y llega a dejarnos sin respiración. No sirven para saber quiénes somos o cómo pensamos, porque rompen con todo el sentido humanista y humanitario de la educación.

Y es que, la mayoría de veces hay una sola verdad, una única respuesta válida. La subjetividad y el relativismo quedan apartados de la vida pública. Sin embargo, no nos damos cuenta de que la pregunta en sí misma ya es subjetiva. Cuando un profesor formula una cuestión en lugar de otra está limitando a los estudiantes, ya que no nos permite demostrar nuestro conocimiento en muchos otros ámbitos.

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Los exámenes, tal y como conocemos, están obsoletos. No motivan a los alumnos, sino que nos llevan a la búsqueda del resultado perfecto, homogéneo, 100% memorizado. Nos llevan a querer ser como el resto, a imitar un comportamiento ajeno, a sentir o provocar envidia y a olvidar que ser diferente es mejor que sacar un 5 e incluso un 10. Llevan a la competitividad, a la extrema ambición y a la frustración más inútil.

Los exámenes no contemplan el análisis crítico, la reflexión, la argumentación, la creatividad, el desarrollo, la evolución, la estética, la relación entre conceptos, la búsqueda de recursos ni de fuentes de información. No tienen en cuenta las destrezas personales, las capacidades únicas, el valor que puede aportar cada persona. Y sobre todo, entorpecen la solidaridad, el trabajo en equipo, la participación y el conocimiento transversal. En definitiva, no fomentan el aprendizaje.

Y es una pena. Es una pena que se le siga dando tantísima importancia al qué, al cuánto, pero que el cómo siga relegado a situaciones aisladas. Es triste que desde los centros educativos se esté tratando de hacer que los jóvenes seamos meros robots, entes numéricos orientados a los resultados, y no a la experiencia. Cuando la vida, en realidad, va mucho más allá de la nota que saquemos en un examen.

herri

23 Oct

Harriak egindako herria.

Maparik ez,

baina beti

lehen orriak.

 

Denbora pasa ahala,

saiatuko badira ere,

itzalek ez dute

ilunduko haren irria.udazkena11

Sentir

12 Oct
Sentir.
El viento en la cara,
tu mano en mi espalda.
Sentir,
viajar, vivir.
Cada carcajada,
la brisa, mi casa.
Huir,
cantar.
Sentir.
Que crezca el alma.
Amar, vivir.
Siempre.
Sentir.

Mamuak

15 Sep

Zenbat denbora pasa den pentsatzen jartzen naizen bakoitzean, zurrunbilo batek hartzen du nire gorputza. Denborak aurrera egiten du, baina iragana atzean uzten saiatzen naizen uneoro, mamuak inoiz baino biziago itzultzen dira.

Sarritan galdetu izan diot nire buruari nola den posible. Nola sentitu nuen horrenbeste hain denbora tarte txikian. Gizakion jokabidea ulertezina da, guztiz irrazionala. Baina lehen aldiz zure ondoan esnatu nintzen goizarekin oroitu, eta oilo-ipurdia jartzen zait oraindik. Ezin dut ekidin.

Gitarraren akordeak, pelikula txar horiek eta Simon & Garfunkelen “The sound of silence”. Jakin gabe iluntasuna azkenean nire lagun bihur zitekeela. Nire antzinako laguna. Hasieratik konturatu behar izan nuen, gero eta besarkada eta irribarre gehiagoren ordez, zalantza hazten zihoan eta. Egunero pentsatzen nuen noiz izango ote zen azken aldia. Bat-batean, azken aldirik egon ez zen arte.

Eta hala behar zuen, seguru aski. Seguru aski diot, badakidalako gure bideak desbideratze batean besterik ez zirela gurutzatu. Baina aitortzen dut, oraindik, noizean behin, imajinatzen dudala zer nolakoa izango litzatekeen nire bizitza bideek bat egin izan balute gaur egunera arte, pausoak elkarrekin emanez azken aldia existituko ez balitz bezala.

Orain, nire bideak 550km baino gehiagoko distantziara eraman nauela, ezezagun bihurtu zarela, zure ahotsa apenas gogoratzen dudala, mamuak nire artean jarraitzen du. Hello darkness my old friend entzuten dudanean, blokeatzen naiz. Eta hala ere, abestia amaitzear dagoenean play sakatzen dut berriz. Gizakiak ulertzea zaila da, masokismoa gure zainetan dagoela dirudi.

Baliteke, akaso, kantuak pizten dizkidan oroimenak berriz bizitzeko entzutea. Berriz eramaten nauelako leiho horretara, Igeldo ezkerrean, parean Urgull eta Santa Klararen zatitxo bat. Auzoak elkartzeko bizikletak, eta hamaika istorioren ikusle izan ziren maindireak. Agian, soilik agian, ezin diot entzuteari utzi, blokeo zoragarri hori delako zutaz geratzen zaidan gauza bakarra.

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El campo de batalla de cada noche

23 Jun

Cae la noche y cuando las farolas se apagan, el campo de batalla se vuelve infinito. Veinte. Quince. Diez. Cinco. Cinco míseros minutos se vuelven eternos. No sabes quién pertenece a tu bando. Cualquiera puede ser el enemigo. No te puedes fiar de nadie que te tienda la mano.

Los ojos abiertos, tu arma bien sujeta, lista para ser utilizada en cualquier momento. Se acerque quien se acerque, porque el único objetivo es sobrevivir. Llegar al final. No importa lo lejos que pueda estar.

Cuando las farolas se apagan no hay rifles, pero sí palabras. Una simple sonrisa te atraviesa el corazón como si fuera una bala. Y cada mirada se te clava cual puñal, una tras otra. Tú te debilitas, ellos se creen más fuertes, más poderosos. Se creen vencedores. Disparan.

Un simple gesto te paraliza, hace que caigas, te arrebata la poca fuerza que te quedaba. Se convierte en el obstáculo de la esperanza. Débil, inútil. ¡Calla! Quieres gritar pero sabes que no serviría de nada. Seguir luchando es la única forma de avanzar. No puedes dejar que ganen. Miras al frente y esquivas todas las balas.

Las farolas se apagan y por mucho que abras los ojos, que intentes escuchar lo que pasa, el campo de batalla es demasiado grande, y el refugio queda más lejos de lo que esperabas. El enemigo puede estar en cualquier parte. Toda defensa es poca cuando ni siquiera sabes quién te ataca.

Cuando de noche te declaran la guerra por ser mujer, y tu única misión es volver sola a casa.

Donostia6

Si menciona a su ex: huye

5 May

En serio, huye. Dios inventó las bombas de humo para algo, aprovéchalas. Es verdad que todos tenemos momentos de nostalgia o de bajón en los que nos apetece rememorar un apasionante beso, acordarnos de un gran amor, o quién sabe, de un gran… bueno, eso. Y también es verdad que la libertad de expresión, la honestidad y la sinceridad son valores que no todos tenemos. Pero, en serio, a veces es mejor no romper el silencio.

Da igual en qué situación nos encontremos, si es un extraño, si conocemos a alguien tras un año, un mes o un “hola”: que hable de su ex… no mola. Por mucho que no haya segundas intenciones, ni mensajes indirectos, el simple hecho de acordarse y mencionarlo, es señal de que algo está fallando. Vaya, que nosotros no tenemos la culpa, es evidente, pero lo que pasa por su mente es algo que no podemos controlar.

Acordarse, hablar sin pensar, y zas. Adiós hormigueo, adiós mariposas, en un abrir y cerrar de ojos se desvanece todo lo que era de color rosa. Y es que hablar de un ex sin que venga a cuento, sin reflexionar, debería ser pecado capital.

No evites la realidad, porque aún no lo ha olvidado. Si menciona a su ex: huye. Bomba de humo. Baila “el Michael Jackson”. Corre y no mires atrás.

Porque, no es por joder, pero ser el clavo que saca al anterior clavo, tiene que doler… bastante.

bye bye

Un mito

31 Mar

Ya no recuerdo si fuiste verdad, si alguna vez toqué tu mano, me besaste cuando no lo esperaba o me abrazaste por la espalda durante la noche. No recuerdo si alguna vez te quise, o si tú me quisiste a mí.

Se me ha olvidado qué dientes se te torcían al sonreír, cómo se te arrugaba la nariz antes de estornudar y hasta el color de tus ojos. Un día me aprendí de memoria todas y cada una de las pecas de tu cuerpo, y hoy juraría que no tenías ninguna.

Echo de menos que me acaricies, que se me erice la piel, cerrar los ojos y no pensar en nada. Echo de menos incluso la intranquilidad de si sería la última vez. Ha pasado tanto tiempo, y a la vez tan poco, que ya no sé ni lo que ha pasado.

Neruda decía que el amor fue corto, mas largo el olvido. Y yo no sé por qué fue, o por qué no. No sé cuándo fue el amor y si a esto se le llama olvido. Ahora sé tan poco que creo que eres como un mito.

Quizás soñé con tu mirada, con tu voz, con estar contigo. Quizás soñé cuando no debía soñar, cuando la batalla estaba perdida, cuando frente a mí había un muro infranqueable. Cuando incluso en sueños sabía que tú no soñabas conmigo.

Quizás soñé demasiado. Soñé un imposible. Nunca sabré por qué no fue; nunca sabré si llegó a ser. Pero quizás, solo quizás, sea mejor creerlo a medias. Quedarse con los mejores sueños. Los mitos que más duran son los que solamente quizás fueron realidad.

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